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martes, 18 de junio de 2013

aismer..sin concluir aun

AISMER.

Quisiera decirte que todo pasará en un segundo, que todo el dolor se irá pronto pero no puedo, sabes que no puedo mentirte.
-Entonces ¿para que estas aquí para burlarte? ¿A caso te divierte mi miseria mañanera después de una noche sin sueños sin nada más que inútiles recuerdos?
 -Claro que no me divierte, sabes que existo para cuidarte, para protegerte aunque no puedo negarla belleza de tu tristeza, es como mirar una hermosa pintura del siglo XVIII...Como tus mejillas caen sobre las comisuras de tu boca, en tus ojos se esconden las lágrimas más dulces mientras tus pupilas me muestran lo que callas a la luna misma, toda tú tan indefensa, pero a la vez más fuerte que la roca que el mar golpea cada anocher... Eres tan bella sufriendo, casi tan bella como la magia de tu sonrisa.
 -¿Bella? Dime ¿qué tiene de bello alimentarse de recuerdos tiernos, cálidos, llenos de falsas esperanzas para después despertar y ver que fue un sueño? ¿Qué hay de bello en sentir que muero cada que ese aroma dulce viene y tengo que ver que aunque todo lo di no sirvió de nada?
-Bien, tu belleza reside pequeña en que más allá de que mueras del recuerdo, vives sabiendo que así tenía que ser, amaste y él ya no está, perdiste tus ilusiones pero aun así sigues de pie amando la noche, amándote, amando eso que él no pudo ver en ti... Tu belleza, es la belleza de una estrella moribunda que al final destella con tanta fuerza que rompe con el vacío, tú eres esa estrella.
 -¡Ja!... ¿Vacío? no me hables de vacío... Y de amor, de recuerdos y de estrellas muertas no quiero vivir, no puedo consolarme al saber que solo tengo eso, aun cuando he aprendido más de mí que cuando estaba con él, no quiero solo recordar el calor de un abrazo, no puedo solo recordar que es amar y tener la estúpida idea de que me aman igual.
 -Tú los has dicho ¡no puedes! Pero ¿quieres hacerlo quieres vivir así? ¿Qué caso tiene la vida sin la amargura de los pensamientos en silencio? ¿Qué caso tiene este universo sin la oscuridad profunda de tus ojos, si el amor no hubiera atravesado las raíces de la oscuridad pura?
 -Lo sé y de nada me arrepiento, es solamente que ya me canse de esperar y es que empiezo a perderla esperanza...
 -Shh… Pequeña pero si tú no crees en la esperanza tú, crees en la verdad y no hay más verdad que tú belleza. Eres bella cuando sufres, pues lo haces con delicadeza, con ternura y aun así, en tu mirar veo la fuerza de la noche. Si tu verdad es la belleza entonces es evidente...-ella me interrumpe de golpe-
- ¡Ya cállate! Sabes que aun con tus palabras la tristeza no morirá ¡nunca!
- Pequeña, no temas al recuerdo que ese no será el último aliento de tu alma, si tu verdad es la belleza y tu inmensa fortaleza, entonces es evidente que algún hombre (aunque sean tan simples y tontos por no saber apreciar lo dulce de tus lágrimas) será capaz de sostenerte en sus brazos y amarte con locura. Seca ya tus lágrimas, mira al cielo y recuerda cuando las liberaste, recuerda la magia de tus ojos y la risa de aquel que no te abandona. Tengo que irme pues ya amanece, duerme bien y sabes dónde encontrarme… Sólo mira dentro de tu pecho y llámame tan fuerte que despierten la noche y sus bestias.

 Así, ella de nuevo sola mira por la ventana sus estrellas, así fue la noche triste. Las noches posteriores, permanecí en silencio, observando atento para cuando ella me llamara, esperando no escuchar su grito desesperado en medio de la oscuridad, esperando que con cada amanecer su sonrisa volviera a pintar el cielo de mágicos colores.


II

 Y de nuevo, una noche más la vi llorar, tan bella tan dulce, en silencio y sin pedir nada, rompió el manto de las olas y se acercó al agua para que ellas lavaran sus lágrimas tan amargas como el mismo mar. Ahí estaba yo sin que ella me viera, ahí como siempre con la furia de todos, con la impotencia de nadie al ver que nada podía hacer más que llorar con ella. La oscuridad del cielo se cerró, el viento arreció mostrando la vitalidad de su carácter y su complicado lenguaje, ese viento solo puede ser ella: fría, triste, desesperada...Y la furia de todos crece, el mar rompe el silencio de sus dolores pobre del mar, pobre del viento a merced de su estrella, la estrella que fallece.

- Ya sé que estás aquí, no puedo verte pero siempre estás aquí...Estoy triste más no tonta, ya sé que dirás que nadie merece mis lágrimas, sé que el viento sopla fuerte y es por mí, lo sé.
 - Entonces, aquí estoy. ¿Qué tienes?
 - Nada, ya sabes, las nubes de siempre.
 - No sabes fingir pequeña, no sabes (mientras intento secar sus mejillas).
 - Bueno pues si ya lo sabes, ¿para qué nos hacemos tontos?
 - Porque me gusta escucharte, me gusta como hablas para que nadie pueda oírte cerca de las rocas, donde rompe el mar las olas tú rompes en llanto.
 - Tonto... No puedes hacerme esto siempre, ¿te diviertes conmigo verdad? Aun con tus palabras deseo salir corriendo y de cualquier forma me haces reír.
- Una risa que me agrada, cuando marcas tu tristeza de rabia, para que el mundo no sepa de ti pero bien sabes la verdad: La rabia solo es otra cara de la tristeza.
 -Si pero aun así prefiero la energía del rayo, que la fuerza agobiante de la melancolía, así que déjame un momento.

 Mientras Aismer mira el cielo gris tan fijamente que creo que las nubes colapsaran en el suelo de arena y ahí estoy escuchando, intentando callar mi deseo de sangre, todo el que la haga llorar merece perder. Sería justo, una gota de su sangre por cada lágrima derramada. Ese ser tan miserable no merece menos que el dolor inconsolable, una gota de sangre por cada lagrima, un pago justo ¡sí! que su dolor sea 99 veces mayor que el de ella, sí que sufra eso y un poco más, que sufra tanto que la agonía sea tan densa, tan cruel y lenta como el latir de la tierra. Yo me imagino esta fantástica escena de justicia y ella sigue, contando las borlas de las nubes al viento como haciendo música con ellas. De pronto se rompe el silencio: - Sabes Absalón que la tristeza nunca se irá del todo, ahí está siempre bajo mi piel impregnando mi sangre con su melancolía, como hoja al viento antes de caer pero no pasa nada así es, así tenía que ser.
– Lo sé, sé quién eres, a mí no tienes que explicarme nada.
 Se lo dije severamente, sin darme cuenta, tal vez para que lo entendiera de forma definitiva, al parecer no le importo esta torpeza mía y siguió hablando tranquilamente.
- Mira es tan simple como esto: tu furia cancerígena y misántropa es a mi equivalencia melancolía y enorme soledad.
- Si pero, ¿hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo más tendré que soportar el eco de tus lágrimas? ¿Cuántas noches más llorarás por él? ¿Cuántas noches más pasaremos en vela tratando de averiguar cuándo es qué el amor se convierte en vacío, en un cementerio de estrellas? Tu madre no lo recuerda, sé que nunca hablamos de ella, pero hace ya más de veinte años ella rogo tu felicidad y por eso estoy aquí, ahora ella teme de ti y de mí pero esa es historia que después hablaremos, el hecho es que ¿cuánto tiempo más necesitas para entender que él se fue y que así debía ser?

III

-¿Me tomas por estúpida? o ¿qué te pasa? claro que sé eso y no sólo lo entiendo realmente lo vivo, pero eso no significa que pierda el derecho de anhelar y recordar, ¡tú eres igual a mi madre! ¡Crees que soy débil y que por ello debes cuidarme; como ella fracaso tú te crees! ¡¿Con el derecho de juzgarme?!.

 No puedo hacer más que permanecer, inmóvil ante su figura alejándose entre lágrimas y gotas de lluvia. Su cabello se mueve como la caricia de las rosas y se enreda en sus mejillas, húmedas, pero es que no fue mi intención enfurecerla aunque ahora que lo pienso no resulto tan mal, pues podría haberme desterrado para siempre.
Simplemente me gustaría poder moverme y alcanzarla, pero mis brazos no pueden cobijarla, yo al parecer solo soy parte de sus sueños, un habitante del mundo terrible que nadie más conoce... odio ver como se aleja.

Aismer dice a lo lejos: - Estúpido Absalón, odio que haga eso y lo peor de todo es que aun cuando recorra toda la costa, jamás podre alejarme lo suficiente de él. Siento que sigue aquí, siempre cerca.
Ella tiene razón, siempre cerca.
 La encuentro sentada a los pies del precipicio, donde los árboles parecen tocar las estrellas, como dice ella con su inmensa sonrisa. Parece que la tormenta ha pasado, quizá pueda hablarle un poco de mi estupidez.
- Pequeña, disculpa mi imprudencia yo jamás te subestime y nunca dude de ti, tal vez me exprese inadecuadamente, es solo que tú has provocado que odie tanto verte así y sin embargo me embelesa tu delicada forma de sentir. Simplemente es tan grande mi aprecio por ti y tan enorme mi anhelo de verte feliz que caigo en la estupidez que caracteriza a esos amigos tuyos: los humanos.

Hablo desde lo profundo de mis sentimientos -sí es que un ser como yo puede tenerlos- pero ella permanece en silencio.
 -En la niebla puedo ver todo lo que nunca imaginaste, todo eso que guardas bajo la llave del silencio, no puedo hacer más que mirarte a los ojos y esperar que algún día decidas romper tu encierro.- prosigo.

IV

 Pasan los segundos cuales días, el simple gesto de su mirada perdida al horizonte rojo del mar me tortura más que su silencio inquebrantable. Estaba ya al punto de la locura, instantes tan nimios e insignificantes que ante la inmensidad de la existencia toda eran simple polvo, para alguien como yo que el tiempo ya no significa nada esto parecía consumir la totalidad de mi ser, como si nada más existiese ni yo mismo, nada más allá de Aismer y sus silencios infinitos.
Totalmente absorto en mis absurdas deducciones a la espera de su voz llegue a teorías tan diversas de las cuales me era imperativo saber quién era él o mejor dicho ¿quién habrá sido él para robar la luz de sus ojos para dejar seca su alma de amores y llenarla de desilusiones? Tantas respuestas posibles para que al final resolviera mi tortura en un sólo pensamiento: no importaba la respuesta como dijo ella, la tristeza seguirá bajo su piel como hoja al viento, como la rabia sorda e infinita que es de mí esencia; creo que por eso sigo siempre a su lado, ella calma mi odio y yo con mi ignorancia de la naturaleza humana y mis ironías hago de su melancolía algo menos agotador-quizá le divierta-.
Aún con esta aclaración aparentemente lógica experimente una sed enorme de ella, saber más y quizá así podría salvarla. Me hundí cada vez más en ese túnel de oscuridad que se construye con mis pensamientos ante la imposibilidad de hallar algo mejor que no me di cuenta, la había dejado sola al parecer por algún tiempo no estoy seguro si por segundos, noches o años - ya que para mí no existe la noción de temporalidad-, quizás ya sería tarde, de pronto creció un temor inconmensurable de pérdida, sentí su corazón palpitante como trueno en la tormenta y así de fugaz fue el sonido de su voz.
-¡Absalón!- Dijo sorprendida- “pensé que te habías ido, siento tu agitación tan fuerte que no puedo ignorarte, sé que mi silencio te agobia, sé que soy difícil de soportar pero no tanto como tú con tus pensamientos complejos y caóticos” -mientras ella hablaba me sorprendía lo bien que conocía mi naturaleza, quizá más de lo que me gustaría-“…pero el silencio y la lluvia no pueden ser para siempre”- terminó.

Su voz suavizaba mi angustia como las olas que se llevan las huellas en la arena, así cada palabra era parte de una canción de cuna. Ella hablaba y yo seguía sus pasos respetuosamente sin ánimos de nada más que acompañar su travesía, caminando con sus pies elevando la arena formando pequeñas nubes, con la brisa en su rostro mezclada con sus lágrimas secas, volteo su mirada diciendo:
  ''Sabes este tiempo he pensado en varias cuestiones que había olvidado, una de estas noches sin luna en la hora más oscura me arribó la idea de que no recuerdo ¿cuándo fue la primera vez que supe de ti, entre ensoñaciones o memorias viene la imagen de mi niñez y tú en la puerta a los pies de mi cama o quizá fue esa vez de la noche terrible de horrores, puedes aclarar mi turbulenta memoria?''

Quedé pasmado, detuve el paso se enrareció el aire, la brisa colapso y tomando todo el aliento posible, ahogado entre las espinas de mi voz no pude decir más que esto: '' Siempre, querida siempre cuidándote''
- ¡Ah! Siempre con tus ambigüedades- dijo con un aire de incomodidad- ya deja eso, es una simple pregunta.
- Simple tal vez, pero nos llevaría mucho tiempo siquiera escrudiñar la superficie para encontrar la respuesta, además no estoy aquí para hablar de mi sino para cuidarte.
- ¿Como tú puedes exigir mis más dolorosos recuerdos y tú no puedes contestar esa nimiedad?
- Si es cosa tan insignificante, ¿porque de pronto la insistencia?
 - No lo sé, sólo quiero saber.
- Te lo dije, estoy aquí por tu madre.
- ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver ella contigo?
-Ahora ya nada, ella solo estuvo cerca de mí un par de ocasiones, pero a causa de ella me ha sido encargado cuidarte.

 Nos interrumpió el ruido gélido de la brisa, la noche trataba de hablarme, quizá aún no era el momento, la bestias parecen inquietas, detrás de nosotros nada, mucho alrededor. Le pedí que fuéramos a la casa pues ya hacia frio, me miro con esos ojos penetrantes que parecen entrar en mis pensamientos y se dio la vuelta como ignorándome, la seguí rápidamente y pronto llegamos al marco de la entrada. Todo parecía latente, creí mejor dejar esa conversación para después, la acompañe hasta su estudio y en un pestañeo me aleje sin decir más.

V

 Estoico ante sus interrogaciones me desvanecí pasivamente con el ritmo de su respiración, sus parpados cayeron como telón al finalizar la función, en sus manos un libro viejo con aroma apolillado, todo parecía tan calmo que casi olvido la tormenta a la que nos enfrentaríamos pronto y dolía saber que yo sería una causa más de su desilusión, me invadía la pesadez y en ese instante comprendía la insignificancia y el vacío que Aismer sentía cada anochecer, mire el cielo buscando algo que me hiciera volver.
 La miraba desde el cristal, ella tan apacible durmiendo en un mundo al que ni siquiera yo podía entrar, intrigado e ignorante como suelo ser, quede a su espera. Poco después de esta escena ella abrió sus ojos, centellantes ante el fuego de la chimenea, entre la pasividad del silencio y la intensidad de su corazón levanto su rostro acomodando sus cabellos dejando el libro de su regazo en el suelo, se acercó al fuego, se sentó al frente y mirando hacia la ventana me llamó aun cuando mi figura se perdía en la inmensidad de las sombras nocturnas.

Aparecí obedientemente a su lado, me mostró mi lugar y me senté próximo al fuego, noté cierta magia en sus ojos como hipnotizada por el fuego: -“¿Porque te has quedado afuera mirando las estrellas desconsolado? ¿Acaso es que mis preguntas te han hecho sentir casi humano? O ¿hay algo más que quieres ocultarme?”- dijo.
- Aismer, me sorprendes cada noche; quizá sea un poco de todo lo anterior y es que hasta ahora entiendo porque te refugias en el silencio ante el abismo creciente del estar ''vivo'' no sé si sea la expresión correcta en mi caso.
- Eso que sientes es la vida que se nos escapa cada instante, aun sin vivirla, es la inmensidad del cielo que se traga nuestra existencia, ante él parecemos tan pequeños que en ocasiones parece tan inútil vivir, ¿para qué si al final todo es tan insignificante?
Calló repentinamente dándome esa mirada melancólica y dulce como pidiéndome respuesta y yo, bueno simplemente no la sabia, desesperado aún no sé si por mi agitación o su desesperanza forcé mis labios y dije: '' Creo que te equivocas al pedirle a alguien que no ha vivido la explicación ultima de la existencia sin embargo el destino me ha enseñado que aun en la ignorancia desesperada del sentido del vivir, ustedes siguen caminando, tú aun con tu tristeza infinita te preocupas por mí, aun en tú cárcel de soledad crees que todo tiene un por qué, que aún hay aliento.''

Apenas termine esta frase, sus ojos mirando los dibujos de la alfombra se oscurecieron totalmente y vi gotas caer. Malditas ganas de abrazarla como ese fuego, estaba tan cerca pero más lejos que nadie, puse mi mano bajo su mejilla y algo inexplicable sucedió, ella se abalanzo sobre mí y me rodio con sus brazos, ¿cómo puede ser posible? En ese instante comprendí que ella y yo éramos iguales pues de cualquier forma la oscuridad de sus ojos no me era ajena pues yo vivía en ella.
Al darse cuenta rápidamente seco sus lágrimas incorporándose, otra vez distante.
 - Discúlpame ya arruine tu traje, no debí...
 - ¿Te preocupa más el hecho de dejar lágrimas en mi hombro que el hecho extraordinario de tus brazos sobre mí? Me has cobijado con la negrura de tus ojos, la magia de la noche y me hiciste vivir por un instante.

Seguía ella mirando el fuego, secó los restos de agua de su rostro, levantándose camino por estudio trayendo consigo una vieja libreta. Volvió a sentarse junto a mí, abrió sus notas y dejo de golpe frente a mí ese símbolo, simples líneas que contenía lo que no quería que supiera, crueles trazos que me trajeron hasta aquí.

- Esto lo encontré en casa de mi madre, detrás de una puerta marcado, ella cobarde al descubrirme viéndolo solo dijo que fue un error de juventud, juventud en la que no sé porque pintas tú.- dijo tintando su voz entre la rabia y la curiosidad.
 - No exactamente. -Dije pasmado y tembloroso-
- Ahora entiendo por qué decías que por ella estas aquí, al parecer el silencio es algo de familia, ahora entiendo que es eso extraño en sus ojos por qué teme tanto de mí y mis soledades. Mientras tú estabas afuera tuve un sueño, que no vale la pena explicar solo diré que vi la cara real de mi madre.
 -Si ya lo sabes entonces ¿para que necesitas de mí? ¿Qué quieres que diga? Tu sueño solo muestra la verdad que tu madre ha negado desde siempre. Si está molesta puedo irme, (levantándome de golpe esperando su orden apoyado en el marco de la puerta) tú puedes hacer que no regrese y encerrarme para siempre.

Después de pensarlo por un instante siguió diciendo: “No quiero eso, ausente no me sirves, además ¿tú qué culpa tienes de su estupidez? ¡¿No comprendes?! – Alzando sus manos agitada, roja y con la respiración cortada-  No me molesta que lo haya hecho, ni siquiera que yo tenga que cargar con ello, lo que de verdad me irrita es ¡la mentira! Toda mi maldita vida preguntándome porqué, todo una vida malgastada pensando en que algo malo había en mi sin entender porque vivo enamorada de la noche... Todo se resuelve en esta sencillez: mi madre es ¡una bruja!- concluyó desplomándose en su sillón- .

VII

 ¿Cómo es que llegamos este momento? No lo sé, quizá me esté desviando un poco de la historia pero al parecer este no es un hecho aislado y su misterio se entreteje en las fibras más profundas de la vida de Aismer, por mucho tiempo intente evitarlo, pero no hay forma de huir de uno mismo así que no me queda más que ser franco y esperar a que ella saque la fuerza para despertar.
Suspiró aliviada diciendo: “-Ese ni siquiera es el conflicto aquí, el hecho de que ella haya hecho lo que quiso no me importa, nada de ello importa ahora, en verdad que no la juzgo es más creo que la entiendo, entiendo que entre la soledad, el silencio y la ignorancia cabe el sentimiento de buscar algo más, cada cual por distinto camino, al parecer ese camino para ella fue doloroso, temeroso, oscuro y difícil. Ahora entiendo por qué parece que cargará con una culpa tan grande, pero ¿para qué cargarla? No hay nada de que sentirse culpable.”
 - Vaya, ahora me queda claro que Ellos tenían razón, eres increíblemente fuerte. Creí que enfurecerías al punto de negarlo todo a ti misma, que era mi preocupación, no cabe duda el destino es sabio y no se ha equivocado al depositar en ti esa oscuridad que nos arrastra y nos cobija ambiguamente.
Al terminar de decirle esto, ella tenía su mirada clavada en mí, tan oscura tan profunda como nunca antes la había visto parecía estar envuelta en una fuerza inmensa; las llamas bailaban  como alocadas de alegría ante su inmensidad, se dirigió de nuevo a mí: “Siéntate Absalón, no te inquietes, ambos sabíamos que este momento llegaría, creía que para eso habías llegado a mí. No hay que temer, a menos de que temas de ti mismo pues al parecer tú y yo somos iguales”
 -Ven por favor- dijo colocando su mano sobre la alfombra marcando mi sitio- Ahora entiendo...
-¿Qué cosa? Dije perplejo, sorprendido por la fuerza inquietante de su mirada, dagas afiladas que penetraban cada parte sensible que podría haber en mí.
 -¿Por qué tan callado? Eso es raro, parece que tu silencio viene del temor entonces, ¿Qué puedes temer tú?
 -Discúlpame esta vez no sé qué responderte.

 Mientras yo no lograba de salir de este pensamiento: “por eso pudo ¿abrazarme?”. Hundo mis ojos en la alfombra, preso del anhelo de desaparecer, penetrar la tierra y fundirme con ella… Ella me miraba fijamente, como tratando entrar en mis pensamientos y así tan fugaz como la furia de la espada el silencio cubrió la habitación, yo estoico perdí sentido de todo mientras Aismer sin saberlo se hundía también en el abismo eterno del silencio. Cuando recordé creí haber desaparecido, pero ahí estábamos hipnotizados por el fuego, alce la mirada sintiéndome el ser más miserable pues una vez más de sus ojos caía la tristeza contenida, por días o siglos tal vez.

 VIII

 Intrépida, agresiva se levanta azotando la puerta, corre con el poder del viento hacia las olas. Corro detrás de ella con la fuerza que impone sobre mí, trato de extender mis brazos y alcanzarla otra vez; una vez más veo sus mejillas húmedas con sus cabellos de terciopelo, se aleja nuevamente y yo inútil permanezco. “¡Estúpido y maldito!” Eso repito una y otra vez.  Por un instante logre ver su rostro lleno de gloria y ahora huye a las olas donde nadie puede oírla (excepto yo). Estúpido, que sumido en mi agobio me perdí y deje que la confusión azotara su alma como las olas en el acantilado; trato de alcanzarla pero no logro distinguirla solo sigo guiado por mi desesperación y es que aun no comprendo como la tristeza llena sus ojos de forma tan cruel y tan dulce a la vez, es que no comprendo ¿cuánto amor es capaz de causar esa pena que se asemeja al ruido oscuro del mar? Mientras camino a ciegas tratando de seguir sus huellas en la arena, escucho el susurro de su voz, su llanto ahogado por la sal del mar, su amor muerto en soledad, corro lo más que puedo en el anhelo de encontrarla -antes de que sea tarde- pensé, apresurándome tratando de ver más allá, tratando de saber.

 Ahí estaba, a los pies del árbol más viejo dibujando en la arena con sus dedos.
-Pero ¿Qué te sucede ahora? no entiendo-dije algo molesto.
 -Y tú ¿qué quieres ahora, además de discurso sobre mi tristeza y burlarte? Es que jamás podrías entender-  dijo, sacudiendo la cabeza mirando más allá de los límites entre el cielo y el mar, extendió su mano y dejó caer unas piedras ensangrentadas.
-¿Qué has hecho Aismer?- su mano pálida pintó de rojo la arena, me postre ante ella y pose mi mano sobre la suya.
- Gracias, ya no duele tanto, no te preocupes no hice nada son solo piedras que intente arrojar al mar pero se quedaron atrapadas en mi mano como el fuego dentro de una lámpara, eso es todo. Disculpa por irme así ya sabes cómo soy, me quedo sin aire.
 -¿Sin aire o sin ganas de respirar?
 -¡Deja ya de meterte en mi cabeza! Quisiera tener esa furia que tienes tú, esa que lo destruye todo, cambiarla por este vacío creciente llenarlo todo de fuego que él consuma lo que queda de mí.
 - La tienes, sin ella no estaría yo aquí, ¿pero qué sucede? ¿Fue algo que hice? Dime ¿qué provocó este cambio tan repentino del viento? Dices que jamás comprenderé tus lágrimas ni tus silencios más sin embargo sigues llamándome a cada momento.
 - Quizá es que no conozco su significado… No sé de verdad, no entiendo que es lo que me sucede ¿cómo es que de la oscuridad tome la fuerza para enfrentar el miedo y tan repentino y sin previo aviso me invade la desolación?
 - Eres solo un alma fragmentada, que busca respuestas en el sitio erróneo-digo tratando de rozar su hombro-.
 -¿Dónde buscar entonces si no es en él, en mis recuerdos, en esos pensamientos que solo tú conoces?
-Sabes bien que lo que buscas está aquí, entre este espacio; le digo señalando la pequeña distancia entre los dos.

Alzó sus ojos negros como la noche y podría jurar que vi en ellos una luz, un relámpago, otra vez esa gloria en sus ojos. Me miró fijamente como si quisiera consumirme, me tomó la mano fuertemente en un grito ahogado, un suspiro desesperado: “Dime que no te irás, dime que esto no durará y es que cada día entiendo menos y duele más".
- Ojala pudiera, lo único que sé es que esto durará cuanto tenga que ser.

Sentí el agua de sus ojos en mi hombro, descansó su cabeza ahí y yo sórdido escucho el  débil latir de su corazón.
- Parece que estas conversaciones no tienen fin... creo que ya perdí todo el sentido.
-¿Acaso en algún momento nuestros encuentros lo han tenido? Pues hasta hace poco ignorabas la razón de mi existencia en tu vida y ahora que la conoces todo sigue igual: yo aquí ahogado en rabia por la impotencia de verte desfallecer una y otra vez y tú bueno aun no lo comprendo, dice que reconoces tu tristeza que eso no te quita el derecho de vivirla y más sin embargo comienzo a creer que no es por él o por algún otro hombre en tu vida.

Con un giro sorprendente, sentí frio recorrer toda mi espalda…
Aismer: “- Es reconfortante hablar contigo, aun cuando me duela. Cuando estábamos sentados frente al fuego por un instante sentí una enorme soledad como si dentro de mi pecho cavaran un agujero infinito que no calma su hambre con nada, como sí  se tragara todo de mí, sentí que moría me faltaba el aire y por eso salí corriendo esperando que el mar y sus olas se llevaran la amargura.
 Es estúpido  ahora que lo pienso pues sé que por más que corra  no podre alejarme de ti al menos y no quiero, la ironía es que a pesar de que estabas ahí conmigo me sentí inmensamente sola me invadió un temor más fuerte que las llamas que nos cobijaban, corrí sin pensar hasta llegar al precipicio…”

Al escuchar “corrí sin pensar hasta llegar al precipicio…” mis ojos se abrieron tanto que pensé que saldrían  de sus cuencas, pero no por la sorpresa, sino por el temor de perderla, me erguí de golpe frente a ella, tomé sus  pálidas manos y las sostuve tan fuerte, (tratando de disipar esa amargura que quiso arrojar al mar) que no  pudo más que corresponder el gesto colocando sus manos  mí alrededor. Ahí estaba Aismer otra vez, rompiendo toda concepción de lo imposible y me sentí vivo por un instante, sus ojos centellantes con la luna refleja en ellos.
Seguido de profundos suspiros con la mirada hacia la nada me dijo: “Gracias Absalón, por estar donde más nadie ha estado, ahora comprendo…”

IX
Al escucharla no pude articular palabra alguna, me limite a escuchar desvaneciéndome poco a poco con la brisa escapando de sus brazos hasta la próxima vez que me necesite.
 “Gracias...” –escucho vagamente y solo respondo “buenas noches”.

 Los días y noches siguientes atento a ella desde la distancia que nos otorga el silencio, podría decirse que estaba ausente, más sin embargo podía saberlo todo esperando, escuchando sus secretos a la luz de las estrellas.

Ahí está Aismer abrazando la nada, absorta en suspiros y pensamientos circulares acerca de la vida, la muerte, la dicha y la agonía, esas complejidades tan suyas mientras yo en la reclusión obvia para alguien nacido de la oscuridad toda... Ella permanece ahí donde el viento alza su cabello en remolinos que revelan la real agitación de su ánimo contenido; camina por la playa buscando huellas donde nadie ha pisado así como busca sentido en el caos ( y yo soy muestra de ello), escucho sus dedos sumirse en la arena húmeda, escucho el eco de su aliento atrapado como si intentara aniquilarlo  a cada segundo; llega al muelle y se detiene abruptamente, sumerge sus pies en el agua que llega a los bordes de su  negro vestido y chapotea pausadamente como si con cada gota cayeran sus pensamientos al mar de mi ignorancia y es que ignoro todo acerca de esto del vivir.

"Cada día duele más y entiendo menos, cada noche el vacío crece como las llamas en la hoguera alimentadas de todos esos secretos llenos de veneno, sustancia extraña es mi sangre que me hace sentir viva gritando por un anhelo de muerte, al amanecer me quedo vacía, cenizas eso es lo que queda de mí y pronto el viento se las llevara lejos muy lejos de aquí"- la escucho decir al viento o a mi aun no lo sé. -

Esto parece un juego interminable, un tablero de ajedrez en el que ella se ha vuelto maestra pues cuando creo entenderla cambia de rostro como la luna, pensé que estaba yo aquí para cuidarla pero ¿de quién? ¿Quién querría herir a una criatura como ella? Realmente no sé porque empleo tanto esfuerzo en estos pensamientos que al igual que a ella parecen dirigirme al infinito, a ninguna parte.
Comienzo a pensar que este viaje hacia la verdad de Aismer llevara más de lo pensado, siendo tan doloroso por mi natural impaciencia y aun aquí sigo atado a la incertidumbre de sus dulces misterios.

X

En una de esas noches tan eternas un sonido dulce envolvió la casa, " una canción triste para ahuyentar los fantasmas de mi memoria" murmullo, manos tranquilas en una apasionada danza se trasladaban por las teclas del piano, a la luz tenue de la lámpara colocada de forma tan exacta como para iluminar sus ojos, para evocar la calidez que solo revela en extrañas ocasiones y a medida que danzaban sus dedos parecía transformarse: toda ella radiante, fuerte, misteriosa, su cuerpo erguido, orgulloso y en sus manos la fuerza como para quebrar el diamante más fino con un suave roce, toda ella contenida en las notas de esa melodía.
En pequeñas pausas, que parecían necesarias para recobrar la respiración tomaba su pluma y marcaba eso que solo ella veía...notas, secretos hechos canción y al punto máximo llego tanto que, concluyo matando todo en un la menor, parecía cansada jadeaba llena estaba su frente de sudor, tomo su pañuelo apago la lámpara y salió dela habitación.

Escucho sus pasos, ese pasillo iluminado bañado de luna, tarareando esa extraña canción entra a la habitación de la izquierda, abre las cortinas y se sienta en el banquillo sin prisa, esos silencios tan bellos y tan mortales; se ha quitado los zapatos y sus dedos tocan de forma juguetona la alfombra azul, hace tiempo que no la veía así tan tranquila con los ojos placidos, llenos de paz, acompañando el vaivén de las velas con ese juego de sus dedos.
Levantándose toma la pipa de su padre, pluma y papel, y encomienza a escribir, para mi infortunio no puedo ver la nota.
Posterior a esta misteriosa escena una peculiar e inquietante pasividad envuelve nuestros días, seguidos de caminatas nocturnas hasta el viejo árbol, caminatas silentes de las que poco se excepto que le ayudaban adormir.

El misterio de esa nota, esas gotas de tinta  en el papel atormentaran mi existencia hasta los confines de su totalidad, esas caminatas... ¿cómo es que ella se encuentra sumergida en esa extraña tranquilidad y yo ardo en furia?
En una de esas tardes la vi, sentada a la ventana del gran salón con una humeante taza de té, humo que a la luz de la neblina de afuera parecía acariciar su rostro cálidamente, sumergida en un inesperado y profundo suspiro escribió mi nombre en el cristal empanado entre el frio de afuera y la calidez de la sala.
Ahí estoy siempre cerca, su rostro se refleja en él te como el retrato de una estrella ahora esa pasividad de los días tiene un sabor distinto...
-Aquí estoy
-Bien, ven y siéntate conmigo.
- Te noto más tranquila, ¿a qué debo la dicha de tu paz?
- No confundas el silencio con paz, bien sabemos que en el encontramos al temible enemigo: la tormenta de pensamientos. He logrado acallar un poco  lo que escuchas cada noche.
- Y bien ¿porque me has llamado esta vez?
- Después de las nubes del silencio, mi cielo quiere llorar palabras al rio de mi historia y al parecer eres el único  interesado en ella.
Es una historia más allá de las páginas de la eternidad pero su tinta traspasa las fibras del papel, de negruzca sangre es escrita más allá de mí, tanto que aún me cuesta comprenderla y es por ello que la guardo bajo llave de la luna roja y es que desconozco si merece ser contada, es más dudo el ser capaz de contarla, pues esta historia jamás fue mía.
¿Por dónde comenzar? pues existen mil cosas que ignoro, quizá ahora las palabras me parecen pobres ante estos peculiares hechos.
-Creo que el inicio poco importa, sé que eso te inquieta pues deseas comprender, solo diré que para ver hay que alejar la vista, para el sentir no hay más explicación que el mismo acto del sentir. Así que solo déjame verte y habla sin pensar en las palabras.
"¿Que decir que no haya dicho ya? esta es la historia más vieja del libro: un corazón roto, una interminable búsqueda, la necesidad y deseo que se convierten en tragedia.
Las respuestas que busco no se encuentran aquí ni en ningún lugar, no hay razón aparente para la existencia más que el peso del tiempo, ¿cómo explicarías las acciones humanas sino es como un simple juego del destino? Somos títeres en la obra del mayor ególatra infinito.
Si la vida es un juego y nuestro trozo de cosmos es el tablero de ajedrez ¿qué seriamos tú y yo? ¿Servimos al rey?  ¿Quién es él? o ¿somos dueños de nuestro destino? ¿Porque está permitido que cometamos tantos errores si todo lo que hagamos resultara en ínfimos cálculos ante la inmensidad?  ¿Para qué tanto misterio?
Y es que de pronto siento que nado entre las agua de la consciencia, lagrimas gotas de muerte, el Estigias se esconde en tus ojos Absalón, logro verme en ellos... tus ojos son mis ojos... ¿En realidad crees que la humanidad es tan miserable como para sufrir por placer? ¿Realmente crees que la tristeza existe por la carne y la sangre podrida de los cuerpos?  A estas alturas deberías ya comprenderlo.
En este rio de eternidad, lleno de lamentos vagamos como tratando de encontrar nuestro lugar, luchamos tanto por existir en la desesperación de un aliento libre,  mas sin embargo hay mil ciegos a la luz que traspasa las nubes, sordos a la melodía del bosque muertos en la ilusión de vivir. Esa magia, ese brillo más allá lo experimente, hace tiempo con él; sus ojos eran más bellos que la luna misma de su boca provenían las palabras más dulces que el canto de las hadas azules, el roce de sus manos era como el toque del terciopelo más terso, pero todo era mentira eran mis ojos ciegos anhelando ver, era la ilusión de vivir refugiada en sus brazos, creía respirar con sus besos cuando en realidad moría en la soledad de mis pensamientos y mírame ahora... tan pálida como las nubes, tan sola como la luna y más triste que antes. Todo fue mentira y nada más puedo hacer.
Me rehúso a creer que somos arcilla, juguetes de la historia...
Si alguien me hubiera dicho que el tiempo me traería aquí, al borde del acantilado, al filo frente del abismo hubiera reído irónicamente hasta dislocar mi quijada de su articulación y así sería por la ironía de sus palabras pues en mi interior conozco las posibilidades.
Hace tanto ya que toque por primera vez esa extraña melodía que había olvidado como sentir y hoy particularmente mi cuerpo todo se embriaga con este sentimiento, esta melodía existe por quien soy y lo que jamás seré, quizá no lo comprendas ahora pero las noches que en mi ausencia la luna se pinte de rojo sangre sabrás el secreto entretejido en esto que solo a ti confió. "-termino diciendo.

XI

- ¿Esta es tu manera de intentar engañarme? y es que comienzo a sospechar si realmente deseas hablar conmigo pues como tu dijiste hace minutos ¿para qué tanto misterio? y no me malinterpretes pequeña amo escucharte pero ¿porque te empeñas en mantener es espesa niebla que nos separa? Acaso ¿temes verte en mis ojos o es que en realidad te paraliza sentir, tanto que te escondes en ese torrente de palabras oscuras?  Yo no he venido aquí a importunarte estoy porque tú así lo pides y el destino nos lo permite.
Si es verdad esto que dices sobre que la humanidad es masque sufrir simplemente por placer ¿porque no me explicas de una vez que hacemos en esta playa desolada tan lejos de esos insectos humanos que tanto extrañas?  Si no es tu madre, es aquel de quien no quieres ni mencionar su nombre,  es la noche fría que te recuerda no sé qué otro suceso trágico que desconozco y te deja sin aire para respirar, si te mata la soledad y te refugias en el silencio ¿porque cada que hablas me siento más lejos de esa mujer?  ¿Quién eres en realidad? ¿Acaso temes de mi per se?

Quizá fui demasiado abrupto en esta azorada unión de palabras pues  giro si cabeza a mí con esos sus dulces ojos negros y dijo: todo eso lo sabremos tan pronto el sol desfallezca tras la colina. Tomo su taza ya vacía y se retiró a su habitación, mientras que yo quede inmóvil, como siempre esperando. 


XII
Ahí quede yo a la espera de su voz, mientras la sala se llenaba de una anaranjada y extraña luz, ante la cual todo parecía más vivo que antes, como danzar entre las llamas residuales de un rojo sol a la tarde, esto me recordó la mirada que Aismer lanzaba en ciertas ocasiones envuelta entre las telarañas de la ira y la tristeza Ab irato  recordé.
Poco después, ya cuando los primeros rayos de luna bañaban la noche ella me llamo, algo extraño note en su voz... camine por el corredor como ratón curioso, ahí estaba ella serena cobijada delicadamente por un edredón purpura, su rostro cual seda bajo la luz de esa lámpara colocada a su proximidad de manera tal que hacia brillar sus ojos de forma casi mágica.
Parecía importante esto que tenía que decirme, temeroso no avance más y me  quede ahí perplejo ante su figura vulnerable.
"Vamos tonto, ¿qué haces ahí?  Entra de una vez"
Así que me senté en la silla frente a ella, sus ojos directamente hundidos en los míos parecía de pronto que la luz de la lámpara era nula y nadamos en la infinitud de la oscuridad, solo podía distinguir el misterioso brillo de sus ojos.
“Gracias" le dije al sentarme.
- Bien aquí estoy ¿para que requieres mi presencia?
- Te dije que tus dudas se aclararían al morir el sol, pues henos aquí, esta tarde me has dicho que no entiendes porque me aisló de todos el por qué me cobijo en el exilio y me consumo en la nostalgia infinita sea cual sea la hora y aún más allá de cualquier excusa...
Estoy aquí pies me canse de esperar, estoy aquí en medio de la nada porque al igual que tú me canse de la hipocresía, de esas cucarachas los humanos, harta de las palabras me refugio en el silencio pues no hay nadie dispuesto a escuchar.
-Aquí estoy yo. -le dije- tratando de hacer tiempo para armar un mejor discurso.
-Como dije antes creo que tú y yo no somos tan diferentes después de todo...
Al decir esto dejo sobre la mesa de noche pluma y papel, me intrigo el escrito pero me limite a escuchar y continuo diciendo: " Dices que cada que hablamos dudas de quien soy que parecen mis palabras extrañas telarañas de las que no puedes escapar, pues para serte sincera yo también lo creo, las palabras tienen un infinito poder y la asquerosa sociedad nos hace a algunos maestros en el arte del engaño, ¿cuánto de lo que decimos es real?  Parece que tanto tus discursos como los míos nos llevan por el camino  del absurdo A bon entender, demi mot Absalón, tenías razón ¿para que tantas vueltas?  Solo puedo asegurarte que mis palabras han sido sinceras y sin pretensión algunas, creí que estabas aquí pues parecías dispuesto a escuchar cuanto tenga que decir."
- Pero lo estoy, dispuesto...
- Entonces déjame terminar, si nos hemos visto envueltos en este caos no es más que por la misma razón que me trajo hasta aquí, como dije antes solo intento encontrar la razón detrás de todo esto, acaso crees que no me agotan al igual que a ti estos días, estas noches entintadas de amargura?
-Está bien, Aismer perdona una vez más he olvidado la complejidad de tu lenguaje y he caído preso de la ira.
- ¡No! eso no por lo que te he llamado hasta aquí, tus ridiculeces de cortesía no me sirven de nada ahora, te he llamado por esta sencilla razón: yo también necesito comprender. Veras, tu y yo no somos tan distintos y es que yo por mi parte tampoco logro descifrarte y si es verdad que tú y yo venimos del mismo lugar si a ambos nos cobija la infinita oscuridad entonces el hecho de que hayamos llegado hasta aquí no puede ser solo obra del azar, eso es lo que quiero saber.
-No entiendo Aismer, ¿qué quieres de mí?
-Lo mismo que tú de mí: la verdad.
- ¿Que verdad? No hay más que decir tú eres el principio y el fin de que yo este aquí.
- ¿Otra vez?  Y ¿te quejas de mí?  ¿Cuándo podrás hablarme sin la ambigüedad de la que de por sí ya sufro por mano propia?
-... ¿Pues de que otro modo seria, si esto es lo que soy al igual que tú?
- Exacto eso es a lo que me refiero... ¿cuándo me explicaras en realidad porque estás aquí?
- Lo he dicho: para cuidarte. No veo la necesidad de decir más.
-Inútil... si seguimos así terminare por matarme antes de saber algo real sobre la comedia de mi vida o sobre ti.
-¿Que has dicho?
-Cálmate fue solo un chistorete, pero ya no quiero hablar más buenas noches.
-Buenas noches Aismer. Le dije retirándome de su habitación, desaparecí en cuanto desvió la mirada.

XIII
Mientras me alejaba podía sentir el eco de sus palabras, como era ya sabido ellas y aun mas sus silencios tenían un inmenso poder sobre mi...una vez más llegamos a ese punto del camino del que huía como hoja al viento, estaba a punto de quebrarme al caer, ella tiene la razón no hay derecho de réplica ante sus palabras si yo mismo me escondo de nuestra realidad. Parecía que no podría evitarlo por más tiempo, la resolución del misterio de su vida era el comienzo de la mía, ella escribe notas a la luz de la luna aquello que ignoro y yo escribo de aquello que nadie ignora más que yo.
Desconozco de que otro modo explicarlo así que hago lo que ella: escribo aquí a luz de las velas esperando que la tinta diluya la confusión que hay dentro, sentado en la arena...
"Que mujer tan poderosa has sido tú, la única capaz de despertar  aquello que no había existido, ignoras tanto y tan poco a la vez, tu mente no descansa así como tampoco lo hace tu alma; desconoces quien soy y has hecho de mi algo mejor o peor no lo sé lo único real es que en tu dolor me has hecho comprender la condición humana y aún más en tus ojos comprendí la existencia toda, tu caos dio a mis ojos luz para comprender la oscuridad. Soy quien soy y eso no cambiara así como yo no cambiare esa tu siniestra mirada de dolor, el problema es que no estoy dispuesto a aceptarlo es por eso que lo callo.
Mírame ahora parezco tú escribiendo, pintando de rojo la arena acabándose el aire y es que no se ni que digo es tan simple como esto: soy un demonio... no un demian ni un gin o simple hijo del fuego, un demonio real, aquel que duerme en ti, un hijo naciente de la oscuridad pura, rebelde entre los malditos.
Este es el secreto que nos une: el origen."
Así escribí esa noche, así comencé a cavar entre el abismo infinito, las palabras eran ironías: tan limitadas y tan infinitas, tan suyas y ahora tan mías. Una vez más perdido absorto en absurdos pensares y es que ella es la luz de estrella en la amargura, nadie más que ella ha despertado amor en el infierno y nos ha mostrado la cárcel del silencio, por nadie más que por ella comienzo a comprender, sin Aismer la tristeza es un insignificante capricho, en sus ojos vive el fuego de las más oscuras profundidades, ella me mostro que hasta quien muere, vive y hay quien viviendo ha muerto aun antes que su cuerpo y es en esos instantes en los que temo pues me siento vivo mientras ella muere a cada respiro.
Quizás Aismer tiene razón, soy un cobarde al pedirle que revele los secretos amargamente dulces de su historia mientras yo temo mostrarme en totalidad, su vulnerabilidad es la mía y la única verdad aquí es que temo, temo que la ira gobierne mi actuar y ello signifique alejarla de mí y por consiguiente de ella misma, tal vez esa sea la razón de mi persistencia en escucharla pues al saber eso yo ya no tendré que revelarle quien soy en realidad.
No puedo darle las respuestas que busca la única explicación que poseo es esto que soy y que estoy aquí por ella, por consecuencia de su existencia y de las acciones de Aria su madre, ella necesita una explicación última de sus dolores y del porque estamos aquí cosa que desconozco.
XIV
Aismer portaba un hermoso vestido blanco con terso encaje que cobijaba sus brazos caminaba descalza en arena, las remanentes olas acariciaban sus pies, iban y venían como sus lágrimas que por fortuna hacia noches ya no había visto caer pues de nuevo la envolvía una extraña calma.
Me llamo una vez más:
- Que bien te ves Absalón, me parece una buena mañana con estas nubes de algodón, hace tiempo un viejo amigo me dijo que la lluvia es el recordatorio de que aun en las tristezas no estamos solos el cielo llora con nosotros, ya lo había olvidado - dijo dibujando una leve sonrisa en su rostro-.
-Gracias, pero es el traje viejo de siempre... Me alegra ver que estas de mejor humor.
-Cuando era niña venia aquí con mis padres, Aria y sus ataques de nervios nos obligaban a dejar el caos de la cuidad... mi pequeño refugio desde entonces, parece que herede de mi madre sus locuras sentimentales.

Estas extraño hoy ¿qué sucede? ¿Algo en lo que esta pobre loca pueda ayudar?
Creí que era el momento, le di la carta de anoche...Seguimos hasta llegar al muelle.
Mirando mis manos temblorosas dijo "Mmm... ¿Tú escribiendo? Esto se torna interesante" y se hizo el silencio en sus labios.
Sentada ahí tan calma jugando con el agua a sus pies, en silencio para un momento después de leer mi nota dijo: " Con que ese es tu secreto... ¿puedes sonreír al menos un poco?  Creo que desde aquella noche frente a la fogata quedo claro quiénes somos, afortunados y patéticos juguetes del destino. ¿Cuantos humanos han podido estar frente a frente con un ser como  tú? ¿Cuantos demonios lloran como humanos?  ¿Cuantos humanos viven como los de tu clase en el destierro?  Creo que muy pocos al menos no conozco algunos otros"
- El universo me hizo lo que soy pero tú me hiciste comprender el sentido, tú me enseñaste que aun en el infierno existe el amor que ahora que lo recuerdo fue la razón de mi "nacimiento" el amor, el odio, la tristeza sentimientos que no comprendí y fueron la razón de que exista aquí al igual que tu... algunos de mis iguales han olvidado esto y tú me hiciste recordarlo. El mundo no es negro o blanco, así como en la soledad enfrentamos quienes somos pues no hay nadie más.

- Es curioso escucharte hablar así, por primera vez veo quien eres y no temo pues esa es mi mirada, este tu temor es mi temor. Tú me enseñaste que el miedo es el impulso de todas las pasiones. La verdad es que vine aquí no solo para alejarme de la escoria humana sino de mi como lo hacía mi madre y tu Absalón con tu rabia y tus palabras secas me obligaste a verme y verme en totalidad, lo dije antes y hoy  lo comprendo: tú y yo somos iguales.
Me abrazo de nuevo pero esta vez fui yo quien lloro.

XV
Nuevamente no sé como pero pasaron las noches y sus lunas en extraña tranquilidad para ambos y en una de esas noches la encontré frente al fuego sentada descalza en la alfombra con una taza de té, inmersa en extrañas notas, pero algo distinto había en el aire, hablaba entre dientes molesta levantándose de suelo cayo agotada en su sillón marrón sudorosa yo la observaba desde el umbral de la puerta.
"¿Qué haces pequeña?  ¿Te encuentras bien? "
-No, no lo estoy, esto es absurdo... recibí una carta de mi padre, ese maldito cree que lo sabe todo y como si no fuera suficiente dice que en unos días llegara a verme!.
No entendía como esta carta podría causar tanta ira, ¿que otro secreto se revelaría con esta visita? estaba por verse pues la tranquilidad se había borrado de su rostro y deambulaba como leona enjaulada, bramando, vociferando con fuego en la mirada.
"Es increíble... simplemente incomprensible como es que funciona el orgullo,  no veo más motivo para su visita que el de alzar su ego ocultando con palabrerías su terror hacia la locura del sentimiento, hacia la soledad"
-Y ¿tú temes también? O ¿que explicación daremos a la ira esta vez?
-Por ahora no diré mas lo veras tú mismo.

...
continuará





jueves, 4 de abril de 2013

La estrella Dominick


Este es en realidad el primer cuento ( y no si en verdad  merezca ese calificativo) que hago...honestamente ignoro de donde salio esta historia  pero  surgió como suelen pasar en mis escritos en una noche misteriosa  intentando hacer sonreír a alguien...y bueno aquí esta el extraño resultado de mis desvarios noctámbulos... 
En verdad  creo que este "cuento" ya no es mio, sino de alguien mas, pero espero no se moleste por ponerlo aquí  solo  creo que es una linda historia que merece ser contada... y bueno basta de mis habladurías... y aquí esta.

LA ESTRELLA DOMINICK 
Esta es la historia de una noche fría, un cuadro de un bosque y una chica triste lo embiste con sus cabellos.
Era ella una chica de pelo lacio y oscuro como la noche. Miraba el cielo desconsolada, preguntándole a las estrellas si habría alguien que se sintiera igual que ella. Una lágrima rozó su rostro y cayó en la tierra, la gota salada de su tristeza despertó la magia del bosque he hizo  brotar una rosa roja, como la sangre de su solitario corazón.

De pronto pasó una estrella fugaz iluminando su mirada por un instante, pintando su cielo de una tenue esperanza  y pidió su deseo con todas las fuerzas que le quedaban: “que el amor llegue a mi algún día, ese que haga mi felicidad infinita…”
Se quedó dormida frente a la fogata cobijada por el fuego,a la mañana siguiente la rosa estaba en su regazo con una nota: “Te estoy esperando frente al lago, ahí donde las estrellas caen al espejo de tus ojos negros.  Atte. Tu deseo de estrella.”

Ella no lo pensó más de un segundo y corrió al bosque.
El viento hacía de su cabello una telaraña mágica de sueños; corrió y corrió, su corazón saltaba ante la alegría del misterio, ¿quién sería él? ¿Cómo sería?
El grujir de las hojas secas bajo sus pies parecía coincidir misteriosamente  con el nervioso palpitar en su interior.

Al fin llego al lago, agitada, turbada de emoción...pero era tarde él se había ido... Miró el lago queriendo perderse en él desconsolada, de pronto el viento soplaba con tal fuerza que parecía que hablaba,segura de que todo había llegado a su fatídico final,  agachó su mirada clavada en las rocas y una dulce voz rompió el silencio: “no llores bella, aquí estoy”, dijo él acariciando su rostro.
“Aquí estoy y estaré siempre”, le dijo, la tomó entre sus brazos con loca alegría y la hizo sentir la luz entre las copas d los árboles.
“Pensé que te habías ido”- dijo ella- “y aquí estas mí deseo de estrella, ¡al fin!” pintándose en sus labios una sonrisa tan dulce como el aroma de la rosa entre sus cabellos.

 Finalmente y después de tanto su pacto de amor eterno se selló con la magia de un beso dulce,verdadero ahí donde muere el sol y nacen las estrellas.
Jamás volvieron a verlos, pero se dice que su magia hace crecer rosas rojas a orillas del lago.
Almas unidas eternamente por la magia de la noche: ella y su deseo de estrella.

Fin.

 Teresa Paulina Navarro Méndez.  29/03/2013

miércoles, 9 de enero de 2013

RESPIRACION

RESPIRACIÓN

 Las paredes, prisión de mis pensamientos parecen desplazadas, vulnerables y tan débiles que mi respiración en su agitado vaivén podría derrumbarlas

 Mientras el cielo se cae a pedazos, mientras el suelo se rompe a mis pies, El humo libre me muestra la realidad que existe, esa realidad mas haya del mundo, atravesando todo sin importar que le duela irse

 Y yo poco a poco desaparezco con el,libre aunque sea por un cruel instante. Mientras pienso en el tiempo, cuanto tiempo le toma a un alma aprender a olvidar? Cuanto tiempo le toma al viento tocar mi frialdad?

 Y en el tiempo veo los colores de su marcado paso, tic tac, cada instante un respiro intenta romper las paredes, la música me envuelve como cálida cobija para el alma, tambores en mi corazón, recordándome el lugar de donde provengo.

 El humo libre me muestra la vida detrás del sueño, mas haya de la cuna de estrellas y yo bailo con ellas alrededor de la luna, de pronto todo es oscuridad, universo vació sin luna ni estrellas. Mientras pienso en el tiempo, en cuanto tiempo olvidamos volar?

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escrito en dic 2012

lunes, 7 de diciembre de 2009

Edgar Alan Poe


Bueno pues para comenzar dejo aqui a uno de los maestros del arte, ser diestro magnificamente en los cuentos de horror psicologico y poesia oscura. Uno de los muy nombrados poetas malditos.

Este magnifico escritor es uno de los tantos que me enseño el mundo de la poesia coloreado con esos matices que alma buscó por tanto tiempo. un mundo siniestro, lleno de fantasias nocturnas que alimentan mi sangre son sus imagenes y su lirica, esa oscuridad que es más que una palabra y se convierte en una filosofia.

basta de mis palabras absurdas, les dejo al maestro Edgar Allan Poe

Dejo aqui una de mis narraciones favoritas (a pesar de que toda su literatura me fascina)

MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA.


La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.

Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.

Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.

Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.

A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.

Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.

Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.

Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.

Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.

Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.

-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!

Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.

Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.

Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.

EDGAR ALLAN POE.